HISTORIA
EL EXILIO

A partir de 1937 es el exterior, los exiliados, quienes marcarán las directrices políticas del nacionalismo. José Antonio Aguirre establecía su Gobierno en el exilio en París. Comenzaba una nueva etapa para el nacionalismo vasco bajo el carismático liderazgo de José Antonio Aguirre y Lekube.

El Gobierno en el exilio centrará, al principio, sus esfuerzos en instalar a las decenas de miles de refugiados vascos que tuvieron que huir de las tropas franquistas. Casi paralelamente comienza a diseñar una política internacional para tratar de convencer a las democracias europeas y americanas de la necesidad de volver a restablecer la legalidad republicana.

Como primer paso el Gobierno vasco liderado por el PNV iniciaba una ofensiva diplomática en los principales países del mundo. Abría delegaciones por casi toda América Latina, en Estados Unidos, en Gran Bretaña, Bélgica, Yugoslavia o Egipto.

Muy pronto los vascos ponían en marcha una primera delegación en los Estados Unidos, en Nueva York. Poco después le tocará el turno a Gran Bretaña. Allí Aguirre enviará a dos hombres de su máxima confianza, Antón Irala, su mano derecha en el Gobierno y a Manuel Irujo, uno de los políticos nacionalistas con mayor prestigio. Los dos tenían encomendada la misma misión, conseguir el apoyo de las dos principales democracias mundiales para la causa vasca y republicana.

Paralelamente se creaba la "Liga Internacional de Amigos de los Vascos", una organización que nacía para llenar el vacío que la clandestinidad obligada del ejecutivo no podía cubrir. Además se contaba con un grupo de presión formado por personalidades política de relevancia (obispos, escritores, políticos...) que, sobre todo en Francia, ayudarán durante estos primeros años. Personalidades como Jacques Maritain, el cardenal Verdier o el político francés E. Herriot formaron parte de esta institución. La causa de un movimiento, de profundas raíces cristianas, que se oponía a los dictados del Vaticano y que se había enfrentado a una sublevación que esgrimía como uno de sus argumentos fundamentales la "defensa de la civilización cristiana", muy pronto despertó la admiración internacional.

En 1937, aunque los vascos habían tenido que exiliarse por el empuje de las tropas franquistas, la Guerra continuaba en la Península Ibérica y el Gobierno republicano todavía controlaba amplias zonas del Estado.

El nacionalismo volcará su política internacional en conseguir una intervención internacional en el Estado que detuviera el conflicto armado e impusiera un armisticio en el que los vascos también tuvieran algo que decir. El proyecto fue discutido, al más alto nivel, en el Foreign Office, pero el Gobierno británico decidió, al final, no llevarlo a la práctica

Entre tanto, y primero en Francia, los vascos en el exilio pondrán a disposición del gobierno galo sus servicios de información. A través de una compleja infraestructura los nacionalistas habían creado una fiable red de información dentro de la Península Ibérica que era capaz de obtener datos muy valiosos en una Europa que caminaba hacia la II Guerra Mundial. Movimientos de tropas, informaciones militares sobre Franco o planos de los nuevos aviones alemanes eras trasmitidos por los vascos a los franceses.

Poco a poco los emigrantes y exiliados vascos repartidos por el mundo irán sumándose al esfuerzo que desde Francia demandaban los dirigentes. Es ahora cuando comienzan a consolidarse las delegaciones vascas, sobre todo por América, pero también en lugares tan distantes como Praga, Filipinas, Singapur o El Cairo.